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miércoles, 20 de febrero de 2013

LA ODISEA DE LOS LYCANTRIS



CAPÍTULO 6
 
 
Aquí os dejo otro capítulo escrito por Saito y que está realmente genial.

Los lycantris volvieron al local que Samuel les había indicado. Se sentaron en el borde de la acera. “Cosas extrañas había dicho el… uuuu, ¡pues todo era muy extraño! ¿¿Cómo sabría él si uno de esos “bichos” adormilados en los lados del camino no había cazado a alguien…?? Porque tras unos momentos de intentar impedir que una chica entrase en uno de ellos… lo único que logró fue un chichón causado por un puñetazo. ¡Qué gentuza más rara, la intentaba salvar de un monstruo y encima le pega! Luego, había todo tipo de magia: los palos que daban luz y nunca se quemaban, puertas que se abrían solas…”
Miraban el local y la gente que entraba y salía… ¿cómo podrían detectar algo… raro?
- Bueno yo, estaba pensando… pero ¿qué se supone que deberíamos ver de extraño? -dijo Zhiron rascándose la barbilla.
- Él dijo que muertes violentas… -contestó Miyai haciendo un nudo con los cordones de su camiseta.
- Bah, ¡muertes violentas! -frunció el ceño.- ¿Cómo de violentas?
- Mmmm… a lo mejor como… - miró a su alrededor.- ¡Como eso!- apuntó con su delgado dedo hacia un chico de pelo oscuro apoyado en una pared a la salida del callejón, justo detrás de ellos. El olor a sangre se hacía cada vez más fuerte e intenso a cada paso lento del joven. El fluido rojo le escurría de los labios, manchando su chaqueta castaña de cuero.
-¡¡Ayudémosle!! -replicó Miyai tirando de Zhiron por un brazo.
Zhiron le sujetó justo antes de que el chico cayera sobre sus brazos, exhausto.
- ¡Jo!... ¡Ayúdame Miyai!- pidió el lycantri, pero su esposo se concentraba en preguntar:
- ¿¿Quién te ha atacado??
- No… no sé... – dijo confuso.
- ¿Cómo qué no sabes?- gruñó Zhiron, sujetándole en peso muerto. El chico se apretó más contra el cuerpo del otro y perdió el sentido. -¡¡Vaya!! ¡Que me partan las piedras! ¡Rayos! - rugió Zhiron -¿Y ahora qué?
- Bueno, ahora lo llevamos a ver al mago, si te pudo curar a ti también le podrá curar a él, ¿no?
- ¡Hn! -Se encogió de hombros e intentó coger el cuerpo del chico por la cintura para llevarle a cuestas, entonces notó que sus manos estaban mojadas de sangre - Pero qué…
-¿Qué pasa?
-Sale sangre de su espalda… mejor mira a ver qué pasa…
-¡Vale! -Miyai miró por el callejón y al fondo encontró una parte del suelo que no estaba mojada ni tenía basura. –Ven, ¡tráele aquí!
Zhiron le echó en el sitio indicado y con las uñas de la mano izquierda que había hecho crecer, le arrancó la chaqueta y la camisa de un tirón. No había mucha luz en el callejón pero a ellos no les hacía falta, podían ver tan bien en la oscuridad como cualquier ser humano a plena luz.
- ¡AH! -gimió Miyai de sorpresa al percatarse de dos heridas profundas, una a cada lado de la espalda del desconocido.
- Ya decía yo que me olía a sangre…- Miyai le miró enojado.- ¡¿Qué?!...
- Si tú no has dicho nada… -volvió a fijarse en las heridas- Mira. Parece como si le hubiesen clavado algo… pero qué raro que no se haya muerto ¿no? Parecen heridas muy profundas…
- ¡Sí, es verdad!- Zhiron se puso a cuatro patas para poder mirar más de cerca. Su mano iba derecha hacia la herida y un segundo después:
- ¡AAU! ¡Jo! (V.V)
- ¡Las vas a infectar! -rugió Miyai tras darle una palmada en las manos.
- Si no iba a tocar…
- Ah… entonces ¿qué ibas hacer? -lo miró desconfiado y se cruzó de brazos.
El lycantri volvió a tender la mano muy despacio sin dejar de mirarle, no fuera que se ganase otra palmada. Por fin alcanzó su objetivo: del enorme agujero salía algo… no sabía qué… pero algo blanco, que no era un hueso.
Lo tocó despacio, lo palpó y frunciendo el ceño, con la lengua medio fuera, tiró lentamente. La cosita que parecía la punta de un palo no se resistió y empezó a salir. Miyai abrió los ojos como platos y sin poder esconder su entusiasmo por más tiempo se puso a cuatro patas al lado de su marido.
Lo que salía de la herida dejó rápidamente de parecerse a un palo para ganar forma: la forma de una pluma. La enorme forma de una pluma de 25 cm, manchada de sangre.
En cuanto estuvo todo fuera Zhiron la soltó.
- Pero ¿qué diantres es esto?- murmuró.
- Es… una pluma de pájaro…
- ¿De pájaro? ¿Ah sí?... ¿Y dónde demonios has visto tú plumas de éstas en pájaros?
- Puede que lo que le haya atacado sea un pájaro muy grande como…
- Mmm… puede que sea suya…- dijo con aire de científico…
- ¿QUÉ?
- AHAHAHAH… ¡era broma! Pero ¡me la pido! ¡Me haré un collar!... ¡tráela, yo le llevaré! 

                                                  ***

 - ¡¡¡MAESTRO!!! -gritó Miyai pegándole puñetazos a la puerta – ¡maestro!
- ¿Qué pasa? ¿¿Es que tenéis que hacer siempre tanto alboroto??- Los lycantris entraron a toda prisa dejando al mago algo atontado y depositaron al joven herido sobre el sofá. -¡¡¡Hey, cuidado con la sangre en el sofá!!!
Zhiron gruñó enfadado… ¿¿Por qué demonios no se daba prisa??
- Tienes que salvarle…
- ¿Qué? ¿De dónde habéis sacado a éste?
- ¡Se está muriendo! -gimió Miyai. Zhiron saltó sobre el mago, tirándolo al suelo.
- ¡¡Ayuda al mocoso!! GRRR -le enseñó sus fauces afiladas.
- ¿Y si te quitas de encima?... -el lycantri hizo espacio para que el mago pudiese trabajar. -A ver qué le pasa al chico este. Hummm… -puso su mano sobre la frente de él y cerró los ojos por un rato.
Miyai y Zhiron se miraron y luego clavaron los ojos en una especie de lucecita amarilla que fluía entre los dos cuerpos.
Las heridas que antes estaban abiertas empezaron a cerrarse y la sangre esparcida a su alrededor comenzó a volver hacia adentro, como un río que vuelve a su cauce. El pecho del mago se agitó con la respiración descontrolada… hasta que le soltó.
Samuel se levantó tembloroso del suelo. “Algo raro pasa... nunca nadie aparte de este lycantri me había sacado tanta magia…” -pensó.
Los dos lycantris seguían mirando con las bocas abiertas, llenos de incredulidad, por lo que habían presenciado.
El chico echado en el sofá abrió los ojos y los clavó en la pareja de salvajes frente a él. Los miraba una y otra vez cada vez con más curiosidad y confianza.
-¡Hola! Yo Zhiron, ¿y tu?... - dijo Zhiron apuntando hacia su mismo pecho y luego al del chico. Samuel soltó una carcajada, se suponía que ellos eran los salvajes…
El chico no tardó en levantarse, y con una postura altiva y dulce al mismo tiempo, contestó:
- Aldán.
- ¡¡Hola!! (^^) ¡Yo soy Miyai! -dijo el joven enseñando una de sus mejores sonrisas tiernas.- Y éste es Samuel, un mago muy fuerte que te ha curado.
Aldán sonrió por primera vez a Samuel antes de hablar:
- Gracias, Samuel, parece que te debo mi existencia. Te estaré eternamente agradecido por tu bondad…
- No tienes que darme las gracias, de hecho han sido ellos quienes te han traído… Pero dime una cosa, ¿quién eres? ¿Y quién te ha atacado? -Aldán se quedó serio durante un buen rato mirando la nada. De repente, dijo:
- Yo… yo soy un ángel…
- ¡¿QUÉ?! –la palabra salió algo entrecortada de la garganta de Samuel.
- ¿Qué es un ángel? -quiso saber Miyai.- ¿Lo sabes tú, Zhiron?... ¿Zhiron?
El lycantri lavaba la pluma en el acuario.
- Humm… no… no sé qué es…
- ¡JODER! -gritó Samuel. -¿No te basta haberte comido los peces? ¡¡Ven aquí!!
- Si no se lava se pondrá dura…- murmuró al tiempo que la agitaba para que se secara. El ángel sonrió divertido.
- Veréis, los ángeles somos seres celestiales, mágicos… mmm como vosotros. Seres de los que proviene la magia de forma natural, no adquirida como nuestro amigo Samuel. Así como vosotros tenéis poderes, yo también los tengo.- Zhiron se había colgado la resplandeciente pluma en el cinturón. Aldán fijó allí su mirada.
- Pues… ¿quieres decir que esto es tuyo? -preguntó Zhiron.
- … Así es… era de una de mis alas…
- Justo a eso me refería, ¿dónde están tus alas? -les interrumpió Samuel. En ese instante el rostro de Aldán adoptó la máscara de la tristeza y el rencor.
- Me las han arrancado… por ahora no podré volver a casa
- ¿La quieres? -preguntó Zhiron extendiéndole el cinturón. Quizás con ella te dejen entrar.
- No -Aldán esbozó una pequeña sonrisa- Ya no me servirá de nada… quédatela, es un regalo.
- ¡Gracias! -Zhiron hizo una reverencia, consciente de la importancia que tenía aquel regalo, y dijo- Déjame que haga algo por ti…
Durante toda la noche Zhiron tatuó unas alas sobre las cicatrices de la espalda de Aldán.
- ¿Crees que te volverán a salir?
- Sí…
- ¿Cuando?
- Cuándo… pues… no sé…
 
 



jueves, 6 de septiembre de 2012

LA ODISEA DE LOS LYCANTRIS


 
CAPÍTULO 1
 
La barca, empujada por las olas, golpeó suavemente la orilla y se dejó mecer por el movimiento de la marea. Un apuesto joven bajó de un salto y se volvió a ayudar al  muchacho de cabellos caoba que lo acompañaba.
La travesía había sido muy dura y apenas podían mantenerse de pie.
—Lo hemos conseguido, Miyai —dijo el hombre más mayor con una sonrisa cansada.
—Sabía que lo lograríamos —contestó el joven abrazándolo y apoyando la cabeza en su pecho musculoso.
—Hubo algunos momentos en los que yo no estuve tan seguro —respondió Zhiron riendo.
—Es que confío en ti, Zhiron —le dijo Miyai con voz dulce, clavando unos ojos tan verdes como las hojas en los de su amado.
Zhiron se inclinó y lo besó con ternura, pero un ruido procedente del estómago de Miyai hizo que su esposo se apartara alzando una ceja.
—Esas tripas tuyas ya están reclamando comida.
—Sí, me muero de hambre —asintió Miyai enrojeciendo. —¿Crees que habrá buena caza por aquí?
Zhiron se agachó y atrapó un cangrejo que correteaba por la arena.
—Aquí tienes un aperitivo —dijo entregándoselo.
Miyai rompió el caparazón con los dientes y comenzó a chupar la escasa carne del cangrejo.
—Gracias, esposo —dijo con una sonrisa pícara. —Hice bien en elegirte, sabía que tú siempre me tendrías bien alimentado.
Zhiron soltó una carcajada.
—Así que me elegiste por eso, ¿eh? Y yo que pensaba que te había conquistado con mi imponente presencia.
—También, también —contestó el joven guiñándole un ojo.
Luego se agachó para coger otro cangrejo que entregó a su esposo.
—Será mejor que busquemos algo con más carne —dijo Zhiron después de acabar con su cangrejo. —Creo que mis tripas también empiezan a rebelarse.
Miyai asintió y cogidos de la mano comenzaron a caminar por la playa solitaria, mientras el sol, brillando en lo alto, arrancaba destellos de los minúsculos fragmentos de nácar de la arena.

Más allá de la playa, se extendían unos campos cubiertos de hierba y salpicados de bosquecillos de sauces y fresnos. Unas cuantas casas de aspecto miserable conformaban una pequeña aldea en medio del desértico paraje.
—¿Crees que nos aceptarán en ese clan? —preguntó Miyai señalando hacia las casas.
—Por supuesto —contestó Zhiron muy seguro. —Ambos somos excelentes cazadores. En cuanto lo comprueben estarán más que satisfechos de que seamos de los suyos.
—Pero no conocemos sus costumbres —dudó Miyai. —A lo mejor son tan desconfiados como los del clan del Bosque Negro.
Mientras hablaban habían ido acercándose a la aldea y ya estaban a pocos metros cuando Zhiron comenzó a olfatear el aire.
—¿Hueles? —preguntó sonriendo.
—Pues claro —sonrió a su vez Miyai. —Son aves. Al fin vamos a poder llenar el estómago.
Avanzaron sigilosamente, como dos hermosos depredadores prestos para la caza, y detrás de unos arbustos, descubrieron a una docena de aves picoteando por el suelo, las cuales, ni siquiera tuvieron tiempo de saber qué  las había atacado antes de morir.

Al anochecer, en la apartada aldea de Kinshu, vieron aparecer a dos jóvenes de sorprendente hermosura.
Uno de ellos, alto y fuerte y con el cabello tan negro como la noche, se cubría únicamente con un taparrabos de piel de gamo. Calzaba suaves botas del mismo material y se protegía los brazos con largas tiras de cuero marrón. Sujeta a la espalda, llevaba una espada de la que sólo se podía ver una hermosa empuñadura con incrustaciones de obsidiana. La expresión fría y segura de su rostro, así como el brillo salvaje de sus ojos amarillos inquietaron a los habitantes del pequeño pueblo.
Su compañero poseía la misma seguridad pero matizada por la dulzura de sus enormes ojos verdes. El cabello de intenso color caoba brillaba bajo la luz del sol y las diminutas piezas de piel que vestía apenas eran capaces de ocultar su esbelto cuerpo. Como único adorno llevaba una perla negra colgada del cuello, que relucía bajo el sol del atardecer.
Los dos se movían con una agilidad y elegancia casi felinas y todos sus ademanes resultaban armoniosos.
Zhiron se abrió paso entre la gente que se había amontonado curiosa en el centro de la plaza para observar a los recién llegados.
—¿Quién es el jefe del clan? —preguntó en voz alta.
La gente que se apretaba en torno a ellos guardó silencio. Todos podían percibir la amenaza en sus ojos ambarinos.
Zhiron comenzó a perder el control. Estaba rodeado de machos de otro clan y no sabía cuántos estarían dispuestos a desafiarle. Él era el mejor luchador de su clan y jamás había sido vencido en ningún combate, pero aquí había demasiados y además, le resultaban extraños.
Un ronco gruñido comenzó a brotar desde el fondo de su garganta haciendo que todos retrocedieran inmediatamente. Sus ojos brillaban peligrosamente y todos sus músculos estaban en tensión prestos para atacar.
—Hemos venido en paz —dijo Miyai de pronto, poniendo una mano en el brazo de Zhiron para contenerlo.
—¿De dónde venís? —preguntó un anciano que avanzó hacia ellos apoyándose en un bastón.
—Del otro lado del océano —contestó el joven con tranquilidad.
Un murmullo de sorpresa se elevó entre la multitud.
—Eso no es posible —negó el anciano. —Cerca de aquí no hay ningún puerto donde hayáis podido atracar.
—Nuestra barca está encallada en la playa —respondió Miyai.
—¿Dices que habéis venido en una simple barca?
—Así es.
—Estás mintiendo —afirmó el aldeano.
Inmediatamente se escuchó el ronco gruñido de Zhiron y el anciano retrocedió.
—No hay razón para que te mienta, anciano —contestó Miyai mirándolo a los ojos. —Sólo estamos buscando un lugar para vivir.
—¿Eres tú el jefe? —preguntó Zhiron clavando en él sus intensos ojos.
—Podría decirse así —respondió. —Soy el alcalde de esta aldea olvidada por el tiempo.
—Hemos traído un presente como señal de buena voluntad y para que podáis comprobar nuestra habilidad en la caza —dijo Zhiron sacando de su morral siete gallinas y arrojándolas a los pies del alcalde.
—¡Mis gallinas! —exclamó un granjero acercándose.—Las mejores ponedoras que había tenido nunca.
Se agachó para examinar los cuerpos de las aves y luego se volvió hacia los dos jóvenes forasteros.
—¡Ladrones! —gritó enfurecido. —Me habéis robado mis gallinas.
—Eso es mentira —gruñó Zhiron indignado.  —Las cazamos limpiamente, las presas son de quien las caza.
—¡Tenéis que pagármelas! —siguió gritando el granjero sin hacerle caso.
Debes estar loco —dijo Zhiron verdaderamente divertido
La multitud comenzó a protestar. En una aldea tan pobre como Kinshu, la pérdida de unas gallinas era una gran desgracia.
—Eishi tiene razón, debéis darle el dinero que costaron las gallinas —gritó una voz.
—Seguro que no tienen dinero. Parecen un par de vagabundos —gritó otra.
—Sí, mirad cómo visten —añadió una tercera.
—Si no tenéis dinero, me quedaré con algo valioso que poseáis —dijo Eishi alargando el brazo para apoderarse de la perla que colgaba del cuello de Miyai.
Pero antes de que llegara siquiera a rozar el colgante, el joven, con una velocidad prodigiosa, hincó los dientes con fuerza en el brazo extendido del granjero.
—¡Ahh!¡Me ha mordido! —gritó sujetándose el brazo- Estoy sangrando, maldito bastardo.
—Nadie va a quitarme lo que me pertenece —dijo Miyai con una mirada feroz en sus ojos habitualmente dulces.
—¡Son bestias salvajes! —dijo una mujer que se escondía detrás de su obeso marido.
—¡Echadlos de aquí! —gritó otra, empujando a su novio hacia delante.
Cinco de los más fuertes de la aldea se adelantaron incitados por los demás.
Zhiron ni siquiera sacó la espada; se colocó delante de Miyai y sin que apenas nadie fuera capaz de ver los golpes, se deshizo de todos en un instante. Luego se volvió hacia su esposo.
—Tenías razón, son iguales que los del clan del Bosque Negro, jamás nos aceptarán —murmuró.
Miyai asintió y se adelantó mirando al anciano alcalde.
—No nos quedaremos aquí —dijo. —Pero dinos si conoces algún otro clan que quiera aceptarnos.
—¿Clan? —preguntó extrañado el alcalde. —El único sitio en donde a nadie le importará que vayáis es la ciudad de Tenoya. Seguid siempre hacia el Noroeste y la encontraréis.
—Gracias, anciano —dijo Miyai sonriendo.
Luego buscó en un pequeño estuche de piel que llevaba sujeto a la cadera y sacó una pequeña pepita de oro que depositó en la mano del anciano.
—Esto es por las gallinas y todas las molestias que hemos ocasionado.
Cogió a Zhiron de la mano y tiró de él haciendo que lo siguiera aunque reacio. Se habían despertado en él todos sus instintos de lucha y apenas se había esforzado con esos cinco aldeanos. Le hubiera gustado tener una pelea de verdad con un contrincante realmente digno de él y no con seres tan débiles como aquellos.
—¡Eh, un momento! —gritó el alcalde. —Está a punto de anochecer y debéis estar muy cansados. Podéis pasar la noche en mi cobertizo y partir mañana al amanecer.
Zhiron estuvo a punto de negarse pero vio el cansancio reflejado en la cara de Miyai y asintió. Una noche de descanso, les vendría muy bien para reponer fuerzas antes de emprender el camino hacia Tenoya.
El cobertizo era pequeño y la paja que cubría el suelo estaba sucia, pero eso no les importó. Se tendieron sobre ella y Miyai se acurrucó entre los brazos de su amado. Zhiron metió la mano por debajo de las pieles que cubrían su torso y comenzó a acariciarlo, mientras le besaba apasionadamente. Sentía como una de las manos de Miyai le acariciaban la nuca y la otra se posaba sobre su virilidad y a pesar de su agotamiento, pronto estuvieron ambos muy excitados y comenzaron a acariciarse con más urgencia.
No habrían transcurrido más de diez minutos cuando un ruido apenas perceptible, los alertó justo antes de que se abriera de golpe la puerta y una luz intensa, dirigida a sus sensibles pupilas, los deslumbrara.
En el umbral se recortaban las siluetas de cinco hombres armados con barras de hierro y unos extraños instrumentos que no pudieron identificar, aunque supieron enseguida que se trataba de algo peligroso.
—Quietos —dijo el que llevaba la linterna. —Ni siquiera pestañeéis.
—No tengáis miedo —dijo otro con una sonrisa lujuriosa en su rostro picado de la viruela.  —Sólo queremos divertirnos un rato.
Los ojos de Zhiron desprendían destellos sobrenaturales en la oscuridad.
—No intentes nada —le dijo otro de los aldeanos apuntándolo con su escopeta. —Vamos a disfrutar de ese hermoso compañero tuyo y luego nos iremos.
Zhiron y Miyai no dijeron nada, sólo se miraron y al momento una luz dorada los envolvió. Unos instantes después, en el lugar donde estaban los jóvenes, se erguían dos magníficos lobos de tamaño muy superior al normal.
El más grande de los dos, era completamente negro. Tenía unas patas largas y fuertes y músculos prominentes. El otro, de color rojizo, era mucho más delgado y flexible.
Los blancos colmillos de ambos, brillaron un momento a la luz de la luna, antes de que se lanzaran sobre los cinco atónitos aldeanos que los observaban paralizados.
Zhiron saltó sobre el que los apuntaba con la escopeta y le desgarró la garganta de un mordisco. Miyai hizo lo mismo con el otro que también portaba escopeta. Los otros tres intentaron golpearlos con sus barras de hierro pero los dos lobos eran demasiado rápidos y en pocos minutos todos los aldeanos yacían ensangrentados en el suelo del cobertizo.
Inmediatamente, recobraron su forma humana y Zhiron recogió una de las extrañas armas y comenzó a manipularla, intentando aprender su manejo. Miró dentro de los tubos de metal buscando alguna pista que le indicara su utilidad y por fin apretó una palanquita y un ruido ensordecedor los asustó.
—¡Deja eso! —exclamó Miyai. —Vámonos de aquí antes de que venga todo el mundo a ver qué ha pasado.
—Sí, larguémonos cuanto antes —asintió Zhiron arrojando el arma al suelo con desprecio. — Aquí no hay hombres de verdad y por eso utilizan armas que no son honorables.
Salieron del cobertizo y se alejaron de la aldea sin mirar atrás.
—Este mundo es más extraño y peligroso de lo que podía imaginar —dijo Zhiron mirando pensativo hacia una casa que estaba bastante apartada de la aldea. —Creo que será mejor que intentemos pasar desapercibidos en Tenoya y para ello necesitamos ropas como las que usan aquí.
—Tienes razón —respondió Miyai entendiendo al instante lo que se proponía Zhiron.
Entraron en la casa con su sigilo habitual y robaron ropas más acordes con el mundo donde habían ido a parar y algunas provisiones. Cuando salieron, Zhiron vestía unos pantalones de cuero negros y una camiseta sin mangas del mismo color, conservaba tan sólo sus botas de piel y una tira de cuero atada en su brazo derecho. Miyai se había apoderado de unos ceñidos pantalones de ante y una camisa de idéntico material bordada con motivos étnicos y con el escote cerrado con unas tiras cruzadas de cuero.
Se alejaron de allí, sin que ninguno de los habitantes de la casa se despertase y se encaminaron a la ciudad de Tenoya. Los dos se sentían un poco perdidos en esa tierra extraña e inhóspita, sin embargo, ninguno dijo nada al otro para no inquietarlo y ambos se sumieron en los recuerdos.


NOCHES DE SANGRE Y PASIÓN



CAPÍTULO 2
 
 
Los minutos transcurrían lentamente en su escondrijo y Elwan comenzó a pasearse de un lado a otro con impaciencia mientras Dujan le observaba desde el sofá.
—Siéntate de una vez —dijo al cabo de un rato. —Vas a hacer surcos en el suelo.
—¿Cómo quieres que esté sentado tranquilamente sabiendo lo que planean hacer esos malditos licántropos? —respondió Elwan irritado.
—De momento no puedes hacer nada, así que es mejor que distraigas tu mente —dijo el otro vampiro con una sonrisa maliciosa.
Después se acercó a él y suavemente, le apartó el mechón de cabello que le caía siempre sobre la frente.
Elwan se apartó y le dirigió un puñetazo que el otro esquivó con facilidad.
—No irás a creer que voy a... —empezó a decir Elwan pero Dujan le sujetó por el brazo izquierdo doblándoselo por detrás de la espalda y acercó el cuerpo del joven al suyo.
—Harás lo que yo desee —susurró antes de que su lengua comenzara a deslizarse lentamente por el cuello de Elwan.
La lengua del apuesto vampiro continuó su recorrido siguiendo la línea de la mandíbula del indefenso joven hasta llegar a sus labios entreabiertos.
—No... —musitó Elwan intentando retroceder pero el férreo brazo de Dujan se lo impidió.
—Sabes que nunca has podido resistirte al placer —susurró mordiéndole el lóbulo de la oreja y lamiendo golosamente la gota de sangre que brotó de la incisión.
—Estás muy seguro de ti mismo, ¿verdad? —dijo Elwan con los dientes apretados. —Pero no vas a salirte con la tuya siempre.
—¿Cómo que no? —replicó el vampiro más alto riendo.
Antes de que Elwan pudiera replicar la boca de Dujan cubrió la suya y su lengua recorrió los dientes y el paladar de su amante hasta que se unió a la del otro joven en una pugna en la que el rechazo dejó paso a la lujuria.
Las manos de Dujan acariciaban el cuerpo esbelto de su joven compañero encontrando sin dificultad los puntos que le hacían estremecer de incontenible placer.
Sus lenguas continuaban interpretando su antigua danza y en un momento dado los afilados colmillos de Dujan atravesaron la húmeda carne del otro vampiro y ambas bocas se inundaron del sabor delicioso de la sangre.
El cuerpo de Elwan se convulsionó entre los brazos de su amante y éste lo tomó en sus brazos y lo depositó sobre el diván. Luego, con una gentileza que muy pocos habían visto en el oscuro vampiro, le quitó la ropa y contempló con posesivo orgullo al hermoso joven que tenía a su merced.
Muy despacio, se inclinó sobre él y sus labios se posaron sobre la base del cuello donde podía sentir el rápido latido de la sangre de la última víctima de Elwan. Comenzó a bajar por el pecho de su amante besando y lamiendo cada centímetro de su suave piel hasta llegar a su pezón izquierdo que introdujo en su boca para succionarlo con energía.
—Basta... —comenzó a decir Elwan intentando apartar al otro vampiro pero cuando los colmillos perforaron su pezón endurecido y la sangre empezó a fluir, el placer se hizo tan arrebatador que se abandonó por completo a él.
Dujan continuó lamiendo con profunda concentración la sangre de su joven compañero hasta que los gemidos de éste resonaron por la habitación; entonces, alzó un momento la mirada para contemplar el rostro embelesado de Elwan y sonrió con lo que parecía una mezcla de ironía y afecto.
Luego, prosiguió su recorrido por el cuerpo de su amante deteniéndose brevemente en el ombligo antes de llegar al pene que estaba completamente erguido.
Sin embargo, no lo tocó y empezó a lamerle la cara interior de los muslos haciendo que los músculos tensos de Elwan temblaran de excitación. La cadera del joven se elevó involuntariamente buscando el contacto con su torturador pero Dujan siguió lamiendo imperturbable las zonas cercanas a la polla teniendo cuidado de no rozarla siquiera.
—Dujan... —suplicó Elwan ardiendo de deseo.
—Pídemelo —susurró el vampiro.
—Hazlo... por favor —logró pronunciar Elwan con los dientes apretados, mientras abría las piernas para facilitar la tarea a su amante.
Dujan soltó una carcajada y tomó los testículos del otro vampiro y comenzó a chuparlos como si se tratara de una fruta deliciosa al tiempo que acariciaba suavemente el pene empalmado que rezumaba líquido preseminal.
Después de un momento, dejó los testículos y pasó la lengua con enervante lentitud por la parte de debajo de la polla, desde la base hasta el capullo, y a continuación, se entretuvo recorriendo el glande enrojecido con la punta de la lengua haciendo círculos cada vez más pequeños hasta que los gemidos de Elwan se convirtieron en gritos entrecortados.
El pene temblaba sin control cuando, al fin, Dujan se lo metió en la boca y comenzó a chuparlo con maestría. El suspiro de Elwan brotó de lo más profundo de su ser.
—Ahh... sigue....
Dujan continuó metiendo y sacando la polla de su boca cada vez más deprisa mientras una de sus manos masajeaba los testículos del joven y la otra acariciaba sus nalgas. Cuando notó que Elwan estaba a punto de correrse mordió la delicada piel del capullo haciendo manar la cálida sangre que, al instante, se unió al semen en la boca del vampiro.
En ese momento, la espalda de Elwan se arqueó haciendo que la pelvis se elevara con brusquedad y el pene se introdujera profundamente en la garganta de Dujan. Con un profundo jadeo, el joven quedó laxo sobre el diván mientras su amante, al fin, dejaba escapar la polla fláccida relamiéndose igual que un gato que acabara de devorar un apetitoso ratón.
—Es tu turno, Elwan —sonrió malignamente cuando su compañero abrió los ojos. —Y supongo que preferirás que esté bien lubricada...
Elwan enrojeció pero, cuando Dujan acercó la polla a su boca, sus labios la acogieron con agrado y la saboreó con fruición.
Su lengua jugueteó con el pene intentando introducirse en todos los repliegues del capullo, mientras los dientes lo rozaban con suavidad.
—Mmm... —Dujan emitió un sonido muy parecido a un ronroneo. —Veo que no has perdido tu pericia.
El otro joven continuó chupando con total dedicación hasta que la polla creció y se endureció ostensiblemente; entonces, Dujan posó la mano sobre su cabeza en una leve caricia.
—Es suficiente.
Sacó el falo de la cálida cavidad y luego se inclinó para depositar un dulce beso en los labios de su amante. Los dedos se deslizaron por su cuerpo acariciando el pecho, el vientre... hasta llegar al pene de Elwan que comenzaba a despertar de nuevo. Lo tomó con delicadeza y comenzó a frotarlo suavemente.
Cuando volvió a erguirse, Dujan apoyó una rodilla en el diván y colocó las piernas de su compañero sobre sus hombros. Sin dejar de masajear el pene, empezó a acariciar con un dedo, húmedo de saliva, el ano del joven vampiro.
En pocos segundos estuvo relajado y lo suficientemente abierto como para recibir el enorme pene del cainita. Pero, el alto vampiro, como era habitual en él, continuó masturbándolo hasta hacerlo casi enloquecer de deseo.
Sus manos, fuertes y hábiles, arrancaban gemidos de la garganta del valaquian con sus caricias y todo el cuerpo de Elwan se estremecía y temblaba de placer.
—Vamos... suplica, cherie —dijo Dujan con su voz profunda y sensual.
Elwan le lanzó una mirada resentida y se pasó la lengua por los labios.
—Acaba de una vez —rezongó.
—Ah, no —sonrió el cainita soplando sobre la polla hinchada del joven. —Ésa no es forma de pedirlo.
Elwan resopló lleno de frustración- Házmelo...
—¿Hacer qué? —Dujan alzó las cejas con fingida inocencia.
—¡Fóllame! —gritó su compañero exasperado.
El otro rió haciendo una mueca burlona. —No hacía falta que gritaras.
Por fin, desistió de seguir bromeando y apoyó el pene en el ano expuesto de Elwan y comenzó a penetrar lentamente.
El valaquian sintió cómo la polla de su amante iba abriéndose camino por su interior mientras las paredes del recto se distendían adaptándose perfectamente a ella. En ese momento, le inundó un placer inenarrable al saberse poseído por Dujan y se dio cuenta de que, a pesar de todo lo sucedido, se había encontrado perdido durante todo el tiempo que habían estado separados. Ahora, en cambio, se sentía pleno y, a regañadientes, tuvo que reconocer que aún amaba a ese maldito cainita.
—¿Me amas? —susurró Dujan como si hubiese adivinado sus pensamientos.
—Te odio —gruñó Elwan.
Dujan rió divertido.
 —Entonces te daré algunos motivos más para odiarme —dijo hundiendo con fuerza su pene en el interior de su amante.
Luego, comenzó a moverse, al principio con lentitud y más tarde incrementando el ritmo con embestidas profundas que arrancaban gritos de lo más profundo de la garganta de Elwan.
El sudor se deslizaba por los cuerpos agitados mezclándose en aquellos lugares en los que su piel estaba en contacto y los jadeos de ambos desplazaron las palabras.
Se dejaron llevar por el exquisito placer que los embargaba y sólo eran conscientes del movimiento acompasado de sus cuerpos, del roce de los dedos, de la verga golpeando el punto más placentero, de los músculos del recto oprimiendo el órgano con fuerza...
En esos instantes, eran un solo ser, unidos en cuerpo y alma y entregados al mutuo placer.
Los minutos parecieron durar eternamente hasta que el frenesí culminó en un doble orgasmo cuando Dujan clavó sus colmillos en el cuello de su joven amante. Absorbió la sangre con avidez mientras su semilla estéril se derramaba en las entrañas de su amante calmando la irritación de la carne maltratada.
Después, bajó las piernas del valaquian que aún reposaban en sus hombros y apartándolo un poco se hizo un hueco en el diván para abrazarlo con ternura.
Elwan sonrió y se apretó contra el fuerte pecho suspirando de satisfacción.
—Echabas de menos mi polla, ¿verdad? —susurró una voz burlona junto a su oído y el joven se apartó de un salto.
—¡Eres un bastardo! —gritó lanzándole un puñetazo que el cainita paró con la palma de su mano.
—Calma, pequeño —dijo con su sonrisa de medio lado. —Sólo estaba bromeando. Aunque yo sí que eché de menos ese culito tan estrecho.
Dujan le guiñó el ojo soltando una carcajada.
Elwan le miró indignado durante un segundo pero luego, acompañó a su amigo con sus propias carcajadas.


 

NOCHES DE SANGRE Y PASIÓN

 
 

Capítulo 1


El callejón, tenuemente iluminado por la luz amarillenta de una farola cercana, parecía vacío excepto por un par de ratas que devoraban los desperdicios de un contenedor de basura.
Una silueta delgada, tan silenciosa que ninguna de las ratas percibió su presencia, avanzó lentamente. La penumbra del callejón no parecía ser ningún impedimento, pues sorteaba con habilidad las botellas rotas y los orines de gato que alfombraban el suelo.
La luna se oscureció durante un instante, cuando una nube la cubrió. Entonces, lo que hasta ese momento sólo había sido una sombra más en el callejón, se movió para salir al encuentro del desconocido.
—Así que has venido —dijo la sombra con voz profunda.
—Sí —respondió el joven delgado. —Odio a los licántropos aún más que a ti, cainita.
El otro soltó una carcajada.
—Ya veo que todavía me guardas rencor, Elwan.
—Nunca te perdonaré, Dujan —dijo con la voz llena de amargura.
—¿Preferirías que hubiera muerto yo? —susurró Dujan con un brillo acerado en la mirada.
Elwan retrocedió involuntariamente. Sabía lo peligroso que era el cainita y que su genio podía encenderse en cuestión de segundos.
—Sabes que no —musitó al fin el muchacho.
Dujan clavó sus ojos oscuros en los del otro durante un momento y luego sonrió.
—Aún me quieres —afirmó con tono burlón.
El joven levantó la cabeza con brusquedad y la luz plateada de la luna bañó su rostro de hermosas facciones.
—Para ti fue sólo un juego divertido, ¿verdad? —dijo con la voz temblando de furia. —Debió ser una especie de desafío conseguir que un valaquian se enamorara de ti. Y seguro que te produjo un exquisito placer lograr tu objetivo.
—Elwan... —empezó a decir Dujan pero luego sacudió la cabeza y permaneció en silencio.
El valaquian esperó durante un instante que pareció eterno y luego, le dio la espalda.
—Será mejor que vayamos a la reunión de los licántropos —dijo en un murmullo, dirigiéndose a la salida del callejón.
El otro joven le siguió moviéndose con una velocidad prodigiosa y asustando a las ratas que continuaban comiendo sobre los contenedores.
Las calles estaban vacías a esas horas, así que no tuvieron que fingir que eran simples humanos y se deslizaron por las amplias avenidas con la gracia de dos hermosos escualos nadando entre los papeles y latas vacías que el viento arrastraba.
Por fin, llegaron a un almacén abandonado en la zona de los muelles y con sigilo treparon hasta el tejado para introducirse por la claraboya. Sentados sobre las vigas que cruzaban la parte alta del almacén, se dispusieron a esperar a que sus enemigos comenzaran a aparecer.
Unos minutos después, entró un joven alto y moreno en el almacén, miró a su alrededor y luego levantó la nariz olfateando el aire. Pareció mirar hacia el sitio donde se ocultaban los dos vampiros durante un momento, pero luego se volvió y se perdió entre las sombras.
Al rato comenzaron a llegar licántropos y enseguida el almacén estuvo lleno y el sonido de los murmullos expectantes envolvió a los dos vampiros que observaban desde arriba.
De pronto, se hizo el silencio y un hombre alto y corpulento subió de un ágil salto a una especie de tarima improvisada con un par de enormes cajas de madera.
Con un gesto parsimonioso se pasó la mano por los cabellos castaños y después fijó sus penetrantes ojos en la multitud.
—Hermanos —empezó con un tono suave que sin embargo, se escuchó en todos los rincones del almacén- Ha llegado el momento de atacar a esos malditos vampiros.
La multitud mostró su conformidad lanzando gritos de entusiasmo.
—Pero tenemos que ser cautos —siguió diciendo su líder. —Los clanes están muy bien organizados y si les damos tiempo, se unirán todos contra nosotros. Por eso hay que aprovechar esta oportunidad que nos han brindado tan generosamente.
Dujan y Elwan escuchaban atentamente desde su escondite y al oír esas palabras, se miraron con gesto preocupado.
—Ahora que el maestre del clan Valaquian ha muerto es nuestra oportunidad para acabar con ese clan de chalados —estaba diciendo en ese momento el licántropo. —Aprovecharemos su desconcierto y mataremos a todos los que podamos antes de que los demás clanes puedan ayudarlos.
Elwan se puso rígido y miró a Dujan con ira.
—Van atacarnos y todo por tu culpa —susurró con el rostro crispado. —Tú mataste a nuestro maestro.
—Shhh —le hizo callar Dujan tapándole la boca con la mano.
Elwan asintió después de un momento y el otro vampiro retiró la mano.
Mientras tanto, los licántropos escuchaban embelesados al jefe de la manada ajenos a la presencia de los vampiros.
—Atacaremos dentro de dos noches —comenzó a dar instrucciones el alto licántropo mientras Elwan, cada vez más alterado, sacaba una pequeña pelota roja de su bolsillo y se ponía a estrujarla intentando controlar su nerviosismo.
Unos segundos después, resbaló de sus dedos y cayó al vacío. Elwan y Dujan observaron cómo caía y pareció que transcurrió una eternidad antes de que rebotara contra una de las cajas que se amontonaban junto al muro. Cientos de ojos siguieron el movimiento de la pelota y luego se dirigieron hacía la viga donde los dos vampiros permanecían inmóviles.
—Oh, vaya... —fue lo único que alcanzó a decir Elwan antes de que Dujan le cogiera por el cuello de la camisa y lo pusiera en pie de un tirón.
—¡Corre! —gritó y los dos se dirigieron a la ventana por la que habían entrado en medio de los rugidos encolerizados de la muchedumbre.
Moviéndose con una velocidad inhumana atravesaron la ventana y salieron al exterior, mientras los licántropos les pisaban los talones.
Corrieron a lo largo de las estrechas callejuelas sorteando los obstáculos que encontraban en su camino, oyendo cada vez más cerca las pisadas de sus perseguidores.
Dujan dobló una esquina seguido por Elwan y un muro de piedra oscura apareció frente a ellos.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Elwan que oía los jadeos de los licántropos muy cerca de allí.
Dujan miró a su alrededor buscando alguna vía de escape pero sólo encontró sólidos muros. Se acercó a uno de ellos calculando si le daría tiempo a abrir un boquete antes de que sus perseguidores se les echaran encima y, en ese momento, un bloque de piedra que había a sus pies se movió abriendo un hueco en el suelo.
—¡Por aquí, rápido! —dijo el joven moreno que habían visto antes en el almacén.
El vampiro dudó un instante pero sus enemigos se acercaban peligrosamente así que cogió a Elwan por el brazo y le obligó a introducirse en el oscuro agujero. Luego, él mismo se dejó caer aterrizando con felina elegancia sobre el húmedo suelo.
El joven licántropo les hizo señas para que lo siguieran y los tres corrieron por el angosto pasadizo hasta llegar a una sala iluminada por lámparas de gas.
En un rincón había una mesa y un par de sillas y en el lado opuesto un sofá destartalado.
—Aquí estaréis a salvo —dijo su desconocido benefactor. —Esperad un par de horas antes de salir y no tendréis ningún problema.
—¿Por qué nos ayudas? —preguntó Elwan con desconfianza.
—Porque odio a ese ególatra más aún que vosotros —respondió.
—¿Te refieres a Dam? —volvió a preguntar el vampiro.
El otro asintió.
—Pensaba que era muy respetado entre todos los licántropos.
—No entre todos —musitó el hombre lobo. —Tengo que irme.
Se volvió para salir pero Dujan lo sujetó por el brazo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
El brazo del licántropo se tensó y Dujan aflojó su presa.
Por un momento, ambos vampiros creyeron que no iba a responder, pero antes de alejarse por el pasillo, volvió la cabeza y susurró:
—Sai.